Iván Rojas, un milagro en medio del horror parte 2

Por: María Camila Hernández

Fueron 13 puñaladas en el pecho, y habrían sido más si Iván no deja de resistirse. Se hizo el muerto. “Me sacaron, me llevaron del pelo, me arrastraron por el piso, de la camisa, de un brazo, abrieron la puertica de donde metían los útiles, todo lo que era papelería y cuando me acomodaron hacia un lado sentí el cuerpo de Fabián, que era el que había salido antes de mi”.

Como le explicaría después el doctor Álvaro Mejía Montes, lo que salvó a Iván Rojas fue que lo hayan acostado boca abajo. Aunque las puñaladas habían alcanzado a lastimar el corazón, cortando el ventrículo izquierdo y perforando el pericardio, las heridas no fueron lo suficientemente profundas. “Boca abajo, por la presión del pecho contra el piso, la sangre se coaguló e hizo un taponamiento”, explica Iván Rojas. De lo contrario, habría muerto en minutos.

Pero el infierno estaba lejos de terminar. Cuando Frank se dio cuenta de que Iván seguía vivo, lo volvió a apuñalar. Seis puñaladas más en la espalda, que le perforaron el pulmón izquierdo. De nuevo, tuvo que simular estar muerto. Varias horas estuvo allí, en silencio, más cerca de la muerte que de la vida. A un lado estaba Fabián Botero, al otro Gloria Fernanda Rivera. A ellos también los volvieron a apuñalar, a Gloria Fernanda hasta causarle la muerte.

Estando allí, Iván Rojas oía los disparos, los ruidos que hacían los asesinos para emular los sonidos de la obra que estaban haciendo al lado, en el Banco de Occidente, y tratar de confundir el sonido de los disparos”. Oía los pasos, las puertas. De pronto no oyó nada.

Pero los asesinos aun no se habían ido. Cuando Frank oyó que alguien respiraba, volvió a entrar. Como no sabía quién era el que seguía vivo, prendió un fósforo y lo puso frente a los ojos de Iván. “Resulta que cuando uno está en la oscuridad y tienes los ojos cerrados, y te ponen una luz, entonces se ve el movimiento del ojo siguiendo la luz”. ‘Este es’, dijo Frank.

Entonces Iván Rojas pensó que había llegado su momento, e inexplicablemente, sintió paz. “Yo me quedé quietico allí y me encomendé a la Virgen Milagrosa. En esa época yo iba todos los martes a donde la Virgen Milagrosa en la Avenida Roosevelt. Y me le encomendé, le hablaba, que me salvara, que me acogiera… ahí es donde yo digo que hubo un milagro porque el tipo se quedó parado encima de mío. Por alguna razón no me disparó ni me apuñaló más”.

Iván Rojas, piloto retirado, padre de dos hijos y abuelo feliz, cuenta que hoy en día tiene una buena amistad con Amparo Navia. Otra de las sobrevivientes, otro de los “milagros”. Fue ella quien le contó que a Elizabeth también la subieron al tercer piso. Sin embargo, él ya lo sabía. A pesar del sueño intenso que empezaba a sentir por la pérdida de sangre, Iván Rojas asegura que pudo oír los pasos de Elizabeth, con quien llevaba seis años y medio de noviazgo.

“Elizabeth fue una de las últimas con Amparo y Rocío Cuevas. Yo sentí cuando salió del baño por el caminar. Era muy alta, muy bonita, y era muy elegante para caminar. Yo decía ‘ahí va Elizabeth, Dios mío, que no le vaya a pasar nada’, y al ratico que salió ella oí el disparo”. Ese es el último recuerdo de su “novia de juventud”, con quien tenía planeado casarse el 22 de febrero de 1985.

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